La urgencia de la emergencia política de lo popular

Envueltos en un inesperado correr de la historia, puede surgir la confusión. Veinte años no pasan en vano. Acostumbrarse a la lentitud de los acontecimientos, a los tímidos avances y a largos reflujos de introspección hace de los tiempos actuales un desafío tortuoso. El terrible cliché de la izquierda se hace presente: la historia pasándole por encima. No nos sumerjamos en el lamento. Las señales que brotan desde la boca de ese volcán durmiente no implican una erupción inminente. Hay tiempo, poco, pero lo hay. Es, entonces, la ‘emergencia política’ la gestión de una práctica política (y una estrategia) en un margen de tiempo limitado. La ‘emergencia’ más como un llamado a la ‘urgencia’ que a su verbalización. Lo ‘nuevo’ que ‘nace’ (emerge) solo dibuja los bordes discursivos de una necesidad histórica que se arrastra y acumula hace décadas. La acelerada desintegración del bloque en el poder exige con apuro que los protagonistas dejen de ser ellos y seamos nosotros. La ‘emergencia’, por tanto, es el volcán vuelto a la vida y lo que vaya a suceder cuando emerja es una nueva oportunidad histórica, pero en un tiempo acotado.

Hace ya diez años que los esfuerzos utópicos comenzaron a volver de su destierro. El decreto de la ‘renovación’, clamado desde un puñado de exiliados vueltos adictos al modelo, se agotó. Las decisiones que se tomen (o no) pueden pasar al campo de la ‘incidencia’ siempre y cuando se enmarquen en las ‘centralidades’ de la apertura histórica. La pluralidad de lo central radica en que la historia hace un llamado abierto a su disputa, donde caben distintos proyectos políticos e intereses de clase. Las coordenadas donde se decida ubicar la centralidad de cada organización determinan qué intereses de clase defienden. Más allá del relato que se abrigue, es la práctica política la que construye la oportunidad de romper los límites de lo posible.

La decisión de delinear lo central no tiene por qué implicar que nuestra opción sea hegemónica. Nuestra preferencia no será la única ni serán con pocas con las que tenga que convivir. Lo subordinado o no que termine nuestra alternativa deriva directamente de los esfuerzos mancomunados que podamos trazar. Si bien podemos afirmar, con mucha razón, que más que ‘ganas’ se requiere ser ‘competitivo’, esto es cierto y falso a la vez. Lo verdadero o falso de cómo se entienda la ‘competencia’ tiene que ver con qué intereses de clase defiende una determinada centralidad. La centralidad de los intereses minoritarios (elite intelectual, profesionales exitosos, pequeños empresarios, entre otros) requiere de un rasgo competitivo hegemonista para poder subordinar a los intereses mayoritarios.

Los intereses de las grandes mayorías, del pueblo trabajador, han sido anulados o desplazados en prácticamente todos los ámbitos de nuestra sociedad. Se nos han negado derechos fundamentales, sociales, sexuales y nacionales. En la política con intención transformadora tiende a suceder lo mismo. Se entiende que existen un conjunto de condiciones materiales diferentes. La política que hemos heredado tiene olor a goma quemada, duele hasta los huesos y está teñida de miedo. No sabe de lobby o ambiciones particulares, ni de capital ‘cultural’ o ‘social’.

Los intereses de las grandes mayorías, los más inmediatos, no podrán estar garantizados por una serie de eficientes políticas públicas. Ser la cuna del neoliberalismo transforma nuestra lucha por intereses inmediatos en el límite de la tolerancia de la oligarquía. El modelo ya se evidencia como irreformable; por tanto, no será otra que la histórica política popular, esa que conoce su nicho en la calle, la que pueda defender estos intereses. Un gobierno podrá ser transformador y, por tanto, popular cuando acompañe un proceso de desborde democrático que genere una ruptura constituyente con la edificación institucional del régimen. Esta es la forma en la que el ‘poder popular’ aterriza de lo abstracto para tomar cuerpo en una estrategia. Así se abriría una brecha para la lucha material por el socialismo.

El ‘rasgo competitivo’, por tanto, es falso para las organizaciones que defendemos los intereses de las mayorías. Es en la lucha de masas donde se aloja la centralidad de la emergencia política porque es ahí donde recae la ‘decisión’ estratégica. No existe, por tanto, una ‘competencia’ en términos hegemonistas porque las dinámicas son distintas. Nuestra forma para la disputa de la política transformadora debe ser excéntrica (hacia afuera), debe buscar desarrollar las fuerzas vivas del desborde junto a una estrategia electoral que lo refleje y permita abrirnos paso hacia un camino liberador. Es una política, por tanto, orientada a la organización (política y social) de las masas.

La disputa concéntrica (hacia adentro) retrae a una ilusoria conducción sobre un proceso esperanzador, pero profundamente embrionario. La embriaguez electoral, que se expresa en el desdén hacia la lucha de masas, busca atajos hacia el desfiladero porque aborda el desafío desde una maniobra por ‘arriba’. La lucha por los intereses inmediatos de las grandes mayorías requiere de una estrategia revolucionaria porque no queda otra alternativa. No tiene utilidad práctica arrojarse a gobernar para administrar el neoliberalismo, por más que cambiemos la mediocridad por ‘sangre joven’. Menos aún gobernar con el PPD o el PS.

No obstante lo anterior, no por evitar atajos se hace menos urgente apurar el tranco. Pensarse en poder antes que gobierno implica asumirse en el espacio histórico que nos toca vivir. Ser gobierno es necesario y no lo podremos ser sin amplitud. Ahí tenemos que estar dispuestos a trabajar con otras centralidades. El desborde democrático será posible solo si la izquierda se expande más allá de ella misma, tanto para organizar a las masas como para llegar al gobierno. Debemos dejar de ver el árbol para ver la densidad del bosque.

Se hace necesario que el frente amplio, ante la oportunidad de construir algo más que una plataforma electoral, sea un catalizador orgánico de fuerzas políticas y sociales. Tomando el vuelo del año electoral que se viene para arrojarse de lleno a acompañar la lucha de masas. Una construcción que ponga su centro en la federación de diversas identidades (políticas y sociales) bajo acuerdos comunes. Y, más importante aún, que las fuerzas clasistas no se dediquen a disputar el espacio político de otros intereses de clase y que se arrojen a construir lo propio. Lo anterior es tan nuestro como indispensable para vencer.

Comments

comments