Ruptura democrática y electoralismo: problemáticas para el Frente Amplio

El 2016 fue un año vertiginoso para la izquierda en tanto comenzó a trazarse un camino de unificación y emergencia política de los actores que hasta cierto momento no eran más que intenciones de nuclear política y orgánicamente el descontento y las movilizaciones sociales acumuladas desde el 2006 a la fecha, con un fuerte énfasis en las nuevas generaciones que han sido protagonistas de estos procesos. El cambio de paradigma en Chile, forzado por el ciclo de movilizaciones, hizo surgir grupos comandados por las generaciones estudiantiles que, con muchas coincidencias entre sí, y con años de trabajo político en el cuerpo acotado a ciertas franjas, comenzaron a hacer el análisis de que la política de izquierda radical encerrada en el mundo de las universidades y colegios, o circunscrita a los márgenes de colectivos pequeños y labores territoriales puntuales -que fue la tónica de la izquierda fuera del Partido Comunista durante al menos durante 20 años después de la dictadura-, había tocado techo, y que era hora de perfilar proyectos a nivel nacional que disputaran el poder político, reuniendo las distintas luchas estudiantiles, sindicales, sociales, etc.

Este proceso, que desemboca en la constitución del Frente Amplio, es sin duda una gran noticia para la izquierda y el país, dado que es un paso adelante inmenso en comparación a lo vivido desde la dictadura hasta ahora. Sin embargo, este gran paso adelante también trae consigo riesgos y problemas que las organizaciones y personas que se hagan parte de este proyecto deberán abordar y solucionar de manera rápida, pero a la vez democrática y con perspectiva de futuro.

Dado el contexto electoral en el que se inserta la construcción de este nuevo referente, es innegable que el principal riesgo que enfrentamos es caer en el electoralismo vacío, en la visión de que ganar cupos en los organismos del Estado significa un avance automático para el pueblo y que, por ende, la tarea principal del momento es asegurar que compañeros y compañeras –ojalá de nuestras organizaciones- ganen elecciones. Si bien la disputa electoral es una necesidad consensuada, los elementos enunciados no pueden obviarse si es que realmente queremos armar organizaciones que no sólo apunten a conseguir ciertos derechos sociales básicos o a ser las voces disidentes en un panorama dominado por los bloques políticos tradicionales. Desde un principio, pero con más fuerza después de las elecciones parlamentarias, debe plantearse el problema de largo plazo en los grupos que se dicen de izquierda dentro del Frente Amplio. Y esto no por un capricho ideológico. Tampoco con el fin de excluir a quienes no se sientan revolucionarios/as, pues la amplitud de la alianza no está en cuestión en este momento y los “requisitos” consensuados por el Frente Amplio son claros, sino porque es imperativo para el trabajo de largo plazo y también para la construcción de programa aquí y ahora saber qué queremos y qué estamos proyectando a futuro para la sociedad en general.

Para comenzar a responder estas interrogantes, me parece necesario exponer resumidamente qué es lo que queremos construir desde la Izquierda Libertaria. Si nos basamos en nuestra línea política y en las discusiones y marco ideológico que nos sustenta, nuestro objetivo es una sociedad comunista libertaria en la cual no existan las clases sociales ni las opresiones de género. Para llegar a ello, y asumiendo que vivimos en una sociedad capitalista de clases sociales en pugna, la clase trabajadora y los sectores oprimidos en general no tienen más armas para luchar que su propia fuerza, de ahí la necesidad de construir un movimiento de masas que pueda, bajo formas que determinarán las circunstancias concretas, arrebatarle el poder a la burguesía, instalar el socialismo y comenzar la construcción de la sociedad sin clases. Específicamente en Chile, el desarrollo de movimiento de masas está condicionado por su derrota y aplastamiento durante la dictadura y la transición, y su lento intento de reconstrucción al calor de los ciclos de movilizaciones de las últimas décadas. En el entendido que actualmente no existen condiciones para una lucha directa del pueblo por el poder, la labor se ha direccionado a la reconstrucción de tejido social y poder popular, por un lado, y la constitución de partido como herramienta necesaria para la lucha organizada de las masas populares, por el otro. La realidad y experiencia en el desarrollo de luchas anticapitalistas demostraron a la izquierda que la obra  institucional, cultural y económica de la dictadura y la Concertación es tan fuerte y está tan bien anclada, que actualmente la construcción de movimiento popular choca y se estanca por culpa principalmente de la institucionalidad legal vigente, lo que se expresa de manera más tajante en el mundo laboral, que es la pieza clave para un proyecto que asume que la clase trabajadora es la llamada a ser la protagonista principal –mas no la única- de la lucha por el socialismo, papel que no puede llevar a cabo en su estado actual de descomposición e inorganicidad. Ante este panorama, nace la tesis de Ruptura Democrática, que plantea la necesidad de abrir un nuevo ciclo mediante la superación de las trabas institucionales a través de procesos de lucha radicales en todos los frentes, en lo ideal contemplando la constitución de un Movimiento Político-Social Amplio que pueda llevar adelante esta pelea. El objetivo de la Ruptura Democrática, como tesis para el periodo, no es el socialismo, sino la creación de condiciones institucionales, culturales, políticas y económicas para el desarrollo del pueblo en una nueva etapa, donde las fuerzas de cambio puedan alcanzar un estadio mayor para la disputa por el poder. Dentro de estas tesis, el componente institucional juega un rol importante, y más aún la disputa electoral, ya que entendemos que la administración del Chile autoritario legado por la dictadura pasa mayoritariamente por el Estado centralizado, por lo que es imprescindible su disputa en clave revolucionaria.

Lo anteriormente expuesto significa que como Izquierda Libertaria abordamos la participación electoral desde una óptica de largo plazo, pues se entiende que la lucha institucional tiene un techo determinado, y que su misión en este momento es crear condiciones para el avance del movimiento popular, no sustituirlo ni asumir que de esas disputas saldrá una nueva sociedad.

Este planteamiento también es un llamado de atención constante para nosotros y el resto, que dice que la izquierda en general debe cuidarse de quemar sus cartuchos e incluso construirse a sí misma alrededor de la disputa electoral. En especial cuando la coyuntura de los últimos años le ha dado a esta izquierda un optimismo lindo pero peligroso, basado principalmente en los triunfos de Gabriel Boric, Giorgio Jackson y más recientemente Jorge Sharp. Pasamos tan rápido de la marginalidad radical, a los cientos de miles en las calles el 2011 y luego a tener diputados, que a veces se nos nubla la vista sobre la necesidad imperativa de proyecto revolucionario con todo lo que esto significa: la lucha por la construcción de una sociedad alternativa al capitalismo, proceso en el cual los necesarios triunfos electorales son una ayuda, pero no un objetivo en sí mismo. Como izquierda dentro del Frente Amplio hemos tenido que armarnos en el camino, sin planificación y enfrentando enormes desafíos en poco tiempo y con pocas capacidades, lo que ha postergado inevitablemente estas definiciones que en algún momento nos van a pesar, expresándose en indefiniciones, incapacidades programáticas e incluso quiebres.

Si bien la izquierda emergente está en condiciones de afrontar estos debates, la urgencia se plantea cuando comenzamos a ver prácticas que se alejan de lo “nuevo” que queremos construir y responden a ansiedades electorales marcadas. Ya hemos visto a varias organizaciones posicionando a sus “pre-candidatos” y recurriendo para ello a acciones mediáticas que buscan imponer figuras en un debate que debieran dar en primer lugar los núcleos territoriales y todas las personas que en ellos participen. Todo lo que ha rodeado la constitución del Frente Amplio, hace que se tienda a ver como bueno todo lo que viene del movimiento estudiantil, por lo que no es extraño que muchos reproduzcan ahora a nivel país las prácticas negativas de la politiquería universitaria, como el posicionamiento de candidatos y el levantamiento propio antes que el colectivo, pero no hay que olvidar que si el movimiento estudiantil logró ser lo que fue, no ocurrió por las peleas y disputas electorales entre los colectivos, sino por la masividad y capacidad programática desarrollada en base principalmente a la participación de miles de no-militantes e independientes, y en procesos de años llenos de derrotas y álgidas discusiones. Por ello es que lo que debemos rescatar de las luchas de las cuales venimos no es la cultura del maquineo, la pelea pequeña o el egocentrismo de las organizaciones, sino precisamente la capacidad para atraer, hacer sentido e involucrar directamente en las decisiones ya no a los estudiantes de nuestra facultad, sino al pueblo general, de una manera radicalmente democrática y plural. El movimiento estudiantil nos enseñó que precisamente cuando las masas se retiraban y quedaban sólo los colectivos decidiendo, las cosas no resultaban bien, y cuando el electoralismo nos ciega la visión de largo plazo, tendemos a caer en prácticas que terminan por alejar a la gente y, por consiguiente, borran las diferencias que decimos tener con los bloques políticos tradicionales.

Por esto es que una visión de largo plazo debe necesariamente contemplar una intención democrática, transparente y, por sobre todo, revolucionaria. Para esto, y por no creer que estamos inventando la rueda, debemos mirar hacia atrás para darnos cuenta que los procesos sociales inevitablemente se proyectarán durante años, por lo que, además de los requerimientos anteriormente expuestos, nuestras organizaciones deben pensarse como partidos sólidos conformados por militancia real, y no como máquinas electorales de operadores políticos.

Si lo miramos en el largo plazo, hay que ver en Chile cuántas décadas, muertos, huelgas generales, partidos, fraccionamientos, crecimientos, derrotas y dictaduras le tomó a la izquierda chilena llegar a ser lo que fue en la Unidad Popular desde su construcción a inicios del siglo XX, en una sociedad que además no estaba tan descompuesta por el relato neoliberal-capitalista como la de ahora. Basta hacer una revisión somera de cualquier proceso político de izquierda para ver que detrás de la entrada a La Habana, de la toma del Palacio de Invierno, de la victoria de Vietnam o de la elección de Salvador Allende hay décadas de construcción muchas veces silenciosa, discusiones, batallas perdidas y, principalmente, compromiso militante de muchos que nunca buscaron resultados en el corto plazo, sino que tuvieron la capacidad de seguir construyendo pese a la prisión, la tortura, las decepciones y las derrotas. ¿Quiere decir esto que estamos condenados a esperar décadas antes de ver resultados? No. La gracia del pensamiento y la acción revolucionaria es trabajar para que la victoria llegue lo antes posible, pero eso implica necesariamente ser realistas y estar dispuestos a seguir al pie del cañón pese a los problemas coyunturales, con disposición a solucionarlos y seguir adelante. Un partido para ganar elecciones se puede construir fácilmente, solo necesita algo de plata, caras bonitas y “mañas” electorales. Un partido revolucionario no se construye en un año ni en dos, pues implica mucha más astucia, energías y claridad política. Y para formar organizaciones sólidas de largo plazo se necesitan cuadros políticos.

Formar a un cuadro político revolucionario es un proceso que toma años, y no solo leyendo libros, sino que acumulando experiencia, cometiendo errores y aprendiendo de ellos. La gran obra de la dictadura militar en el ámbito de la lucha de clases fue neutralizar a generaciones de cuadros políticos que a la izquierda le tomó décadas formar. Los asesinatos y desapariciones se llevaron a las y los mejores de cada organización, y por eso la DINA y la CNI no tenían la misión de infundir el terror generalizado -aunque eso fuera una consecuencia de su accionar-, sino eliminar al corazón de la izquierda: su militancia dura. La izquierda se quedó con sus líneas políticas pero perdió a las personas que la podían hacer carne, criticar, analizar, liderar, desarrollar a las masas, ver las contradicciones, proponer giros, etc. No por nada el Ché Guevara define al cuadro político como la “columna vertebral de la revolución”, pues un proyecto no es nada sin las personas que puedan hacerlo realidad.

De hecho, este factor es uno de los más importantes al momento de pensar la izquierda hoy, pues es al menos ingenuamente optimista pensar que organizaciones como las de la izquierda emergente, tan pequeñas y cuyos mejores “cuadros” vienen recién saliendo de las luchas estudiantiles y se han formado más que nada en la disputa electoral de federaciones, puedan en un par de años lograr los mismos resultados que las grandes organizaciones que formaron militantes durante décadas. Incluso procesos que han sido “explosivos” y han logrado resultados electorales imprevistos como el venezolano o el caso de Podemos en España, mucho más temprano que tarde se han enfrentado al problema de la carencia de cuadros políticos y las definiciones a futuro.

Por eso hoy la invitación es a tener ojo con nuestras prácticas y pensarnos en el largo plazo para la construcción de una nueva sociedad. Hay que poner todas nuestras energías en las tareas inmediatas que nos propongamos, entre las que se cuentan las elecciones, pero no perder la perspectiva revolucionaria y de clase, pues si ésta no existe, todo proyecto está condenado a tarde o temprano ser cooptado, caer en la indefinición permanente o simplemente derivar en una plataforma electoral para intereses personales. Que no nos pase a nosotros.

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