Te molesta mi amor: Fidel Castro y la disidencia sexual

I

El feminismo y la disidencia sexual han sido la motivación principal para hacerme parte de la lucha política desde distintos frentes en los últimos cinco años. Y en este tiempo, algo que he podido confirmar es que un discurso de izquierda, clasista, latinoamericanista y antiimperialista es central para que aquellos dos movimientos tengan sentido, coherencia y un significado profundo de transformación. Es a partir de esta convicción que creo que la lucha contra el patriarcado puede convertirse a su vez en la lucha contra las formas de explotación económica y violencia política que son la cara más dura de Nuestra América.

La muerte de Fidel Castro me encontró bailando en una disco gay, espacio contradictorio por ser un gueto mercantil para homosexuales, pero a su vez uno de los pocos espacios donde la socialización marica, lésbica y trans ha podido desarrollarse con tranquilidad en los últimos treinta años del Chile autoritario y neoliberal. Fue ahí donde mi noche tomó otro rumbo, y donde no pude dejar de angustiarme por el devenir de aquella Revolución que tanto nos ha inspirado a los jóvenes militantes, a pesar de todo el tiempo transcurrido, y los cambios que ha vivido el mundo en su conjunto luego de la caída del bloque socialista.

Al despertar y prender el computador el sábado por la mañana, me topé con varios de mis contactos estableciendo juicios, a mi modo de ver, unidimensionales y anacrónicos de lo que significó la persecución a homosexuales en el contexto de los primeros años de la Revolución Cubana. Sin el recorte temporal explícito, aquellos comentarios daban la sensación de explicar la homofobia de manera atemporal, como si fuese una constante de la Revolución.

Estas publicaciones omitían −como me señaló una compañera− sesenta años de ensayo y error, las rectificaciones del Comandante, y el rol que ha asumido el Estado cubano desde comienzos de los noventa en relación a las luchas de la disidencia sexual. Evidentemente, esa crítica va de la mano con cuestionar la “figura” de Fidel y el legado que le deja al mundo. Sin tomar estos factores en cuenta, esos juicios esconden un peligro mayor para los mismos movimientos que reivindicamos.

II

Cuando el feminismo o la disidencia sexual reduce sus juicios a calificar a figuras como las de Fidel como “machito de izquierda”, “héteronazi”, olvida cualquier tipo de historicidad y construye lugares estáticos e inamovibles, que simplifican procesos (en este caso materializados en la figura de Castro) que en realidad tienen muchas más dimensiones que son necesarias de analizar para entender la importancia y relevancia que una figura puede tener, inclusive para los derechos de las mujeres y disidencias sexuales.

Es precisamente esa falta de historicidad la que deja de lado las transformaciones que ha vivido la isla, y las posibilidades que ha tenido en el contexto regional para enmendar errores que en buena parte del continente aún no son del todo resueltos, tal como sucede con la identidad de género y las personas trans.

El peligro de este tipo de juicios unidimensionales es que, si sólo midiéramos los avances desde una sola perspectiva, podríamos reconocer y reivindicar −tal como muchos movimientos de diversidad sexual lo hacen− los avances de Israel en materia de derechos para poblaciones LGBTI, por ejemplo, en contraposición al estado de cosas que se vive en el resto de los países de Medio Oriente.

Lo que esconde ese tipo de análisis es que sin una perspectiva antiimperialista o anticolonial fácilmente podemos obviar el rol nefasto que ha significado el Estado de Israel para el pueblo palestino. En este sentido, las bombas y armamento israelí no diferencian entre heterosexuales u homosexuales, tampoco entre personas trans. No obstante, organizaciones como el MOVILH en Chile[1] acogen la apertura de Israel, a pesar de las constantes peticiones por reconocer la violación sistemática a los Derechos Humanos por parte de este Estado genocida.

III

Hace algunas semanas comencé un proyecto de investigación, para un seminario de la universidad, en el que me disponía a revisar cuáles eran los argumentos y posiciones ideológicas que las izquierdas revolucionarias de los sesenta y setenta asumieron para enfrentar a los nacientes movimientos de “liberación homosexual” como se denominaron en el período. Así, me dispuse a comparar lo vivido por Reinaldo Arenas en Cuba, Néstor Perlongher y el Frente de Liberación Homosexual en su tránsito por Argentina y Brasil y la militancia del MIR, y las denuncias que Pedro Lemebel realiza en Chile. Mientras más leo, resultan más evidentes ciertos patrones que apuntan a aquella conocida idea de la homosexualidad como un “vicio burgués” que imposibilitaba la realización del hombre nuevo.

Homenajear a Fidel Castro en el día de su muerte en ningún caso es reivindicar la manifiesta homofobia inicial de la Revolución, los campos de trabajo forzado o las calamidades vividas por Reinaldo Arenas. Reivindicar su figura es comprender las contradicciones que en el presente existen en una persona, en el líder de un proceso que como cualquier otro ha tenido costos difíciles de asumir, pero que en definitiva marcó un cambio sin precedentes para una de las regiones más explotadas del planeta.

El Caribe, y en extensión Latinoamérica, nunca antes conoció un proceso de transformación de tal envergadura, con tantas dificultades encima, y con el peso de un legado colonial que en muchos sentidos vivimos hasta hoy. Balances críticos de la revolución habrán por montones, los hacemos en el presente y los seguiremos haciendo en el futuro, pues ellos son centrales para quienes desde la disidencia sexual o el feminismo asumimos una militancia dentro de la izquierda revolucionaria.

IV

Hoy sufrimos la partida de una figura que le otorgó dignidad y un poco de justicia no sólo a los “machitos de izquierda”, sino que a cientos de miles de mujeres y disidencias sexuales que además de sufrir los designios de su género u orientación sexual, tuvieron que llevar la pesada carga de haber nacido sin más que sus manos para trabajar. Es inevitable dejar fuera los juicios que también aparecen sobre la homofobia de Salvador Allende, aunque esto da para un escrito en sí mismo.

Sin embargo, lo mínimo que uno espera es develar qué esconden aquellos juicios en el presente, desde que lugares se enuncian y a quiénes benefician. Porque al menos podemos ser claros en que un juicio de este tipo hace exactos 30 años por Pedro Lemebel no es lo mismo que José Miguel Villouta en horario “prime” de la televisión chilena. Tener en cuenta esto es central para quienes asumimos no sólo la lucha de las mujeres y disidencias sexuales, sino que de la clase trabajadora y los pobres en su conjunto.

Créditos de la imagen: “El Che de los Gays” en Marcha de la Diversidad Sexual. Santiago de Chile, septiembre de 2004. Foto: Javier Godoy.

[1] BDS Chile (17 de octubre del 2014). Llamado al boicot del Festival de Cine LGBTI mientras el Estado criminal de Israel figure como uno de los organizadores de la actividad. Recuperado de: http://cboicotisrael.blogspot.cl/2014/10/llamado-al-boicot-del-festival-de-cine.html

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